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Región de Magallanes y Antártica de Chile » Mina El Toqui » Minerales Industriales
Miércoles 06 de Septiembre del año 2006 » 10:06 Horas.
LA MINERÍA AURÍFERA EN LA REGIÓN AUSTRAL AMERICANA
EPISODIOS AURÍFEROS...-> 

Historia, Vol. 36, 2003: 219-254

Instituto de Historia
Pontificia Universidad Católica de Chile

MATEO MARTINIC BEROS*

LA MINERÍA AURÍFERA EN LA REGIÓN AUSTRAL AMERICANA
(1869-1950)


ABSTRACT

A complete panoramic vision about the discovery and exploitation of gold in the meridional region of America is presented, describing its different episodes: Las Minas River (1869), Boquerón mountains (1881), Zanja a Pique (1884), Páramo (1887), Sloggett Bay (1887) and Southern Islands (1890). Also an account of the climax, development and decline of mechanic miners (the "gold fever") between 1903 and 1908 is given, specially in relation to Tierra del Fuego island, which generated so many frustrations and failures. In the same manner the development of craft miners is described before and after 1900, until 1950, when the hole historic aurifer exploitation finished. Some considerations and evaluations of historic aurifer production are made and, also, about the demographic, economic and politic consequences of this auriferous activity in Magallanes.

INTRODUCCIÓN

La existencia de minerales, de oro en particular, fue desconocida para los aborígenes del meridión americano. La única excepción históricamente conocida fue la pirita de fierro, disponible a lo menos en una de las islas del sur del estrecho de Magallanes, en su parte central, que los indígenas canoeros extraían y comerciaban ocasionalmente con los cazadores pedestres en la isla grande de Tierra del Fuego y de Patagonia. De allí que cuando fueron interrogados por los navegantes europeos no supieron dar respuesta satisfactoria, simplemente porque no entendían ni sabían de qué se trataba. Fue el caso del capitán John Narborough, durante su viaje de 1669-70 por el Estrecho, quien reiteradamente inquirió sobre el punto, sin éxito1.

La primera descripción geológica preliminar del territorio magallánico que se conoce, y que contiene algunas referencias mineralógicas, se remonta hacia 1847, época en que la República se hallaba en posesión efectiva del mismo, para la que se conoce un curioso documento denominado Bosquejo sobre la historia natural de Magallanes i las costumbres de sus habitantes2, cuya autoría debería atribuirse a Bernardo E. Philippi, no brinda tampoco información sobre alguna manifestación aurífera visible. Se sabe, además, que las exploraciones científicas en búsqueda de minerales metálicos y no metálicos (oro, cobre, carbón, petróleo) se iniciaron en las postrimerías del siglo XIX, cuando ya se conocía desde largo tiempo antes la existencia de yacimientos de lignito y de placeres auríferos por obra de hallazgos casuales.

Es precisamente sobre la explotación a que diera origen el oro, el tema al que pasamos a referirnos, en particular dando cuenta de su origen y desarrollo en la Región Magallánica sensu lato, vale decir, incluyendo distritos territoriales que en el presente no corresponden a la jurisdicción nacional, desde 1869, época de la primera manifestación aurífera, hasta 1950 aproximadamente, que es el período histórico durante el que se registró con mayor intensidad la actividad prospectiva y extractiva.

I. EPISODIOS AURÍFEROS

1. Río de las Minas (península de Brunswick, Patagonia)

A fines de 1869 el gobernador de la Colonia de Magallanes, capitán de corbeta Oscar Viel, informaba al ministro del Interior sobre el hallazgo de oro ocurrido en el mes de octubre en el río del Carbón, corriente que flanqueaba entonces el poblado de Punta Arenas, procediendo desde el oeste, de la serranía Brecknock. Aquel río llevaba ese nombre desde un cuarto de siglo antes cuando el naturalista Bernardo E. Philippi había comprobado la existencia de mantos de lignito en las barrancas de su curso superior.

El descubrimiento provocó el entusiasmo que es connatural a sucesos del género, tanto más que la población de la Colonia requería entonces de fuentes de actividad económica para estimular su incipiente desarrollo. De ese modo, al cabo de algunas semanas, se contaron unos dos centenares de hombres afanados en el lavado de arenas auríferas.

Al dar cuenta del hecho, Viel agregaba que hasta la fecha se habían concedido 15 pertenencias de 166 metros de longitud y 83 de aspas3. La modalidad de trabajo inicial era el lavado con platos de madera o chayas y también con longtons (canaletas de madera donde se echaba el material que luego se lavaba). Ignoraba el mandatario cuánto mineral se había extraído, pero indicaba que cuatro comerciantes locales habían comprado oro por valor de $ 1.000, cantidad que estimamos como no menor si se tiene en cuenta que por ese mismo tiempo se habían vendido 1.093 toneladas de carbón a la división naval del Perú, a razón de $ 1 por tonelada.

Para mediados de 1870 el hallazgo de oro había despertado el interés entre algunos habitantes de las islas Malvinas, quienes demandaban ser admitidos como colonos, lo que efectivamente fue autorizado por el gobernador de la Colonia. Cabe señalar que este mandatario cifraba por entonces mayores esperanzas de desarrollo a través de la explotación carbonífera, lo que significa que para el mismo la minería aurífera, no obstante que interesante, era de proporciones limitadas, sin embargo de lo cual trabajaban en ella algunas decenas de buscadores. Quizá lo único novedoso fue el hallazgo de una pepa de oro de 35 gramos, considerada excepcional en el momento, que el gobernador Viel decidió enviar de regalo al Presidente José Joaquín Pérez, convenientemente grabada. Aparte que esta pepa pueda ser un motivo de curiosidad, le escribió al ilustre donatario, tiene además el objeto de mostrar a V.E. que los habitantes de este territorio se dedican con empeño al trabajo i mediante él, no dudo hagan producir esta Colonia, que tanto debe a la protección que V.E. le ha dispensado4. Años después, en 1888, se encontraría una pepa considerablemente más grande, de 462 gramos, que por largo tiempo fue tenida como la mayor recogida, hasta que, pasado el siglo, se encontraron en Tierra del Fuego otras dos aun de mayor peso, 569 y 590 gramos, en los ríos del Oro y Santa María, respectivamente.

Por otra parte, en la memoria colonial correspondiente al período comprendido entre el 7 de febrero de 1868 (fecha de su arribo y asunción al cargo) hasta el 31 de mayo de 1871, estimaba que hasta entonces se había exportado oro por valor de $ 25.000, agregando el dato de haberse enviado a Valparaíso e Inglaterra 10.500 gramos. El valor de la exportación representó entonces el 66% del total del comercio del rubro ($ 38.136,25) correspondiente al período5.

En la memoria siguiente (abril 1871-abril 1872), Viel informaba que durante el año se habían extraído a lo menos 15 kilos de oro. Buena parte de ese mineral se había exportado hacia Valparaíso pero, además, mediante infinidad de transacciones pequeñas que se hacen con los buques que cruzan el Estrecho6, de las que no se llevaba cuenta oficial por haber libertad aduanera en la Colonia.

Para el período 1872-1873 no hay referencia a exportación de oro. Para entonces el total del valor enviado fuera del territorio correspondió a productos tales como pieles, plumas y madera. De ello puede inferirse o que la extracción aurífera había bajado en rendimiento, o que cualquiera que ella hubiera sido, se había vendido directamente a particulares de la Colonia o a gente de paso.

A partir de entonces cesó temporalmente toda referencia a la materia -lo que no excluye la posibilidad de continuidad del lavado de arenas- y solo recién en 1875 el gobernador Diego Dublé Almeida, informando en su memoria correspondiente al año anterior, manifestaba al ministro de Colonización que la explotación que se hacía era rudimentaria y que en febrero de ese año habían llegado a Punta Arenas el ingeniero de minas inglés John G. Hamilton y Federico Shanklin, también de la misma nacionalidad, ambos bien conocidos en Chile, expertos en minerales de oro en California y Australia, quienes ya habían realizado algunos estudios en el río de las Minas (desde el hallazgo de oro había cambiado de nombre) y pensaban proseguirlos hasta fines de ese año para verificar la posibilidad real de un incremento en la explotación7. El resultado parece haber sido favorable, pues en 1876 el mismo Dublé informaba de la existencia de una sociedad aurífera que había efectuado trabajos de canalización y otros complementarios para conseguir una explotación en forma de las arenas. Notorio es que desde hacía años que el oro no figuraba entre los productos de exportación colonial, lo que indica, otra vez, que de haberse registrado alguna producción, la misma habría salido del territorio por vías privadas no registradas.

No obstante el esfuerzo de Hamilton y Shanklin el rendimiento del lavadero debió ser magro y la explotación hubo de ser abandonada. De hecho, en la correspondencia oficial cesa a partir de entonces toda referencia al punto. Ello no significó ni significaría que algunos ocasionales mineros dejaran de intentar suerte lavando arenas, como sucedería por largo tiempo, inclusive hasta el presente. En efecto, los había en 1884 cuando pasó por Punta Arenas el dibujante alemán Theodor Ohlsen, quien captó una escena con mineros en el río de las Minas8.

2. Sierra Boquerón (isla grande de Tierra del Fuego)

Entre enero y febrero de 1879 el teniente de la Armada de Chile, Ramón Serrano Montaner, realizó por encargo del Gobierno de Chile una exploración en la isla grande de Tierra del Fuego, con el objeto de verificar sus aptitudes naturales para su desarrollo mediante la colonización. En el curso de la travesía, el día 14 de enero, marchando de norte a sur, esto es remontando la vertiente boreal de la sierra Boquerón, los expedicionarios detectaron manifestaciones auríferas en un río al que, por tal razón, Serrano lo llamó del Oro.

Acamparon al final de ese día en la proximidad de dicho curso, donde permanecieron durante las tres siguientes jornadas. Entonces el día 15, según relata Serrano, la gente se ocupó en lavar tierra para obtener oro, pues en las cercanías del río parecen existir mantos auríferos valiosos. Donde quiera que lavaran sacaban pepitas pequeñas. Cada plato de tierra (plato de lata de los que usan los marineros a bordo) les proporcionaba de tres a diez pepitas del tamaño de la cabeza de un alfiler de las mayores. Este resultado poco favorable provenía de que la comagua o circa, como la llaman los mineros, se encontraba a poca profundidad bajo el lecho del río,lugar hasta donde no podían llegar con los elementos que tenían, y fuera de esa circa es bien conocido de los mineros que rara vez se encuentra oro grueso. Además, debo observar aquí que la gente no era diestra en lavar y que no disponía de los útiles apropiados al objeto, por lo que me permito afirmar que la región aurífera a que me refiero puede ser de importancia si se la explota convenientemente y por personas de la profesión: hay mucha tierra que lavar y agua en abundancia9.

La información demoró en trascender, lo que sí ocurrió luego que Jorge Porter, un antiguo oficial de marina, enterado de los pormenores de la expedición de Serrano, realizó en 1880 su propia expedición a la zona del río del Oro, comprobando el hallazgo. Así fue como, ni corto ni perezoso, Porter se asoció con un tal Juan Vargas Cañas, probablemente minero de profesión, y juntos hicieron 133 pedimentos.

De esa manera, ya en 1881 había gente lavando arenas en el río del Oro. El gobernador de Magallanes, Francisco Sampaio, daba cuenta en su memoria correspondiente al mismo año que entonces había en la Tierra del Fuego un campamento con unos diez mineros.

Cuando en marzo de 1885 visitaron los asientos auríferos los ingenieros Alejandro Bertrand y Aníbal Contreras, constataron la actividad de contratistas: Samuel Ossa Borne, Juan Manuel Frías, que probablemente estaba asociado con su hermano Victoriano, y Enrique Saunders. De ellos, el primero trabajaba con veinte hombres y obtenía una cosecha diaria promedio de 50 a 60 gramos de oro. Pero se sabe que también operaban otros tres concesionarios mineros como eran Pedro Ponce de León, Luis Wolf y Cosme Spiro. Luego, entre 1886 y 1889 se agregaron Juan Fohrmann, Heinrich (también conocido como Harry) Rothenburg, Andrés Wagner y Francisco Beckmann. De ellos, algunos eran chilenos con alguna experiencia previa en minas en las regiones de Coquimbo y Atacama (Ossa, los dos Frías, Ponce de León) y los otros inmigrantes europeos radicados en Punta Arenas. Algunos de estos actuaban por cuenta y con recursos propios, tal vez los menos, y los demás habilitados o aviados por comerciantes o empresarios de la Colonia de Punta Arenas tales como José Nogueira, Juan W. Wahlen, Cruz Daniel Ramírez, Elías y Mauricio Braun, Alfred W. Scott, Rodolfo Stubenrauch, Walter Curtze, Mateo y Simón Paravic, entre varios más.

Las pertenencias y operaciones permiten agregar hasta el fin de siglo, los nombres de más chilenos como Juan Pablo Durand, Melitón Riquelme y algunos otros, y por supuesto numerosos extranjeros arribados a Punta Arenas como inmigrantes: Griffith Pritchard, Charles Felton, Julius Haase, Augusto Wahlen, Julio Cordonnier, David Glover, Francisco Roux, Bertrand Bailac, William Garnett y muchos más que en conjunto expresaban la etnicidad variopinta de la sociedad pionera magallánica de la época, pues entre ellos había españoles, portugueses, ingleses, escoceses, neozelandeses, alemanes, franceses, italianos, croatas, griegos, noruegos, argentinos, peruanos y, por supuesto, chilenos netos. Es seguro que aparte de los mencionados y otros que eran titulares de pertenencias o bien que operaban aviados por quienes habían hecho pedimentos con antelación, entonces -como en todo tiempo- hubo quienes de hecho actuaban como "mineros libres", esto es, instalándose donde mejor les venía en ganas, sin derecho alguno, originándose como consecuencia numerosos conflictos y disputas con los titulares de las pertenencias mineras.

A propósito, va de suyo que los principales aviadores que por lo común eran manifestantes con derechos, eran los grandes beneficiarios de la explotación. Entre ellos el más importante fue José Nogueira, por entonces el mayor empresario de Magallanes (comerciante, ganadero, armador), quien además del oro que recibía por concepto de "arrendamiento de pertenencias" y por los gastos del avío, era el principal adquirente del metal, que a su tiempo enviaba a Valparaíso o exportaba directamente a Europa (Hamburgo) o a Montevideo. Hemos tenido a la vista manifiestos por la exportación de sobre 5.600 gramos, por valor de 675 libras esterlinas, entre enero y junio de 1886, a las mencionadas plazas10. Ello, queda claro, era solo una fracción muy menor de lo que este importante empresario enviaba fuera de Magallanes, en lo que por otra parte (en la diferencia entre los precios de compra y venta) ha de verse parte de la forma en que fue haciendo la cuantiosa fortuna que por esa época poseía el portugués y que le permitió acometer algunos emprendimientos atrevidos y sensacionales, tales como la petición y obtención de tres concesiones fundiarias en la isla grande de Tierra del Fuego, por un total de 1.350.000 hectáreas, entre 1889 y 189011.

En 1891 cuando los exploradores franceses Willems y Rousson recorrieron la zona norte de la gran isla fueguina constataron la presencia de alrededor de ochenta mineros, quienes al parecer trabajaban únicamente en el período comprendido entre la primavera y el otoño, suspendiendo el laboreo en la época invernal debido a la crudeza climática en las alturas de Boquerón. Años después, en 1898 -en lo que debería tomarse como cabal reflejo de lo acontecido durante la década final del siglo-, el Inspector de Policía de Porvenir, Eugenio Encina, informaba al gobernador del Territorio que por entonces había en los asientos mineros de la sierra Boquerón un total de 134 faenas que rendían 98 kilos de oro en la temporada. En cuanto al número de mineros que allí trabajaban este debió ser de entre 200 y 300 hombres. En efecto, en 1887 el gobernador Francisco Sampaio había informado al Supremo Gobierno que allí había sobre dos centenares de hombres lavando oro; en 1895 los datos censales permiten inferir una cantidad semejante y, por fin, en 1898 el dato preciso (informe de Encina, citado) fue de 221 mineros, con lo que podría concluirse que el avistamiento de los exploradores franceses en 1891 solo debió referirse a una parte de la gente ocupada en el laboreo minero. Del total de 1898, 170 eran austríacos (croatas), 70 chilenos, 13 italianos, 6 españoles, 5 británicos, 3 alemanes, 2 franceses, 2 griegos, 2 peruanos y 1 noruego. La elevada participación de trabajadores croatas se debía al hecho de haber estado muchos de ellos previamente en las Islas Australes, igualmente como mineros. De tantos súbditos austrohúngaros que habían laborado allí, una parte se había radicado en Punta Arenas con el fruto de su esfuerzo; otros reemigraron al norte de Chile o retornaron a su Dalmacia natal (los menos), y no pocos, como se ve, siguieron con el afán aurífero en tierras fueguinas. Allí la gran mayoría de ellos terminaría radicándose para ejercer como comerciantes o agricultores, y, con el tiempo, como prósperos criadores de ovejas.

Por ese tiempo, lustro final del siglo XIX, fallecido Nogueira, las principales casas exportadoras del mineral eran Braun & Blanchard (sucesora mercantil de ese pionero) y José Menéndez.

Por fin, en cuanto a los sistemas de trabajo, los mismos no habían variado respecto de los conocidos al tiempo inicial, por tratarse de una faena de tipo artesanal. Ello significa que se empleaban las chayas (de madera o de metal), pero en particular las canaletas de madera con rejilla y cajón terminales, es decir, una forma algo más compleja, que se usaba cuando había varios hombres operando, lo que permitía lavar gran cantidad de material formado por tierra, arena y piedras.

3. Zanja a Pique y otros sitios vecinos (extremo continental sudoriental de Patagonia)

Aunque se da por sentado que el hallazgo habría ocurrido en 1876, en verdad si así sucedió, el asunto no trascendió entonces. Distinto fue ocho años después, cuando en la noche del 23 al 24 de septiembre de 1884 naufragó sobre la costa próxima al norte del cabo Vírgenes el vapor francés Arctique. Como era habitual en situaciones del caso y vista la proximidad del sitio del siniestro con la colonia chilena de Punta Arenas, en el estrecho de Magallanes, el capitán de la nave contrató el salvataje con el armador José Nogueira. Durante el curso de las faenas correspondientes, el personal a cargo descubrió casualmente una acumulación de oro, de origen aluvial, a escasa profundidad bajo las arenas de la playa, y que aparentaba cierta magnitud. Como cabía esperarlo, la noticia voló a Punta Arenas y a Buenos Aires. En esta capital inmediatamente se hicieron peticiones de pertenencias referidas al paraje del hallazgo, denominado Zanja a Pique, que posteriormente se extendieron por todo el tramo litoral que corre hacia el norte del cabo hasta el estuario del río Gallegos. Pero fue desde la colonia chilena desde donde, sin reparar que el yacimiento se encontraba en suelo extranjero y que no se habían hecho las correspondientes solicitudes de extracción, que volaron los aventureros ansiosos de extraer del lugar cuanta riqueza mineral hubiera.

Pronto el paraje, hasta entonces completamente deshabitado, fue un verdadero hormiguero de buscadores y mineros hechizos, que en pocas semanas dieron cuenta del mineral en polvo acumulado por el oleaje a lo largo de siglos o de milenios. Se registraron entonces cosechas sorprendentes, como aquella protagonizada por el alemán Fritz Otten, quien extrajo diecisiete kilos de oro en solo dos semanas de trabajo. Otros, como los hermanos Guillaume, franceses, recogieron unos cinco kilos de oro cada uno, en tanto que una compañía formada por otro francés, un suizo y un chileno, habían cosechado, según se afirmó, treinta kilos de oro cada uno, en un trabajo de tres meses, y, por fin, otro aventurero francés habría recogido hasta cincuenta kilos de oro. Aunque pudo haber exageración en estos datos, en el hecho había una gran cantidad de metal acumulado, varios centenares de kilos, si no más.

Así, en verdad, en breve tiempo los "chilenos", esto es, los procedentes de Punta Arenas, que en su gran mayoría eran de nacionalidad española y francesa, agotaron literalmente la existencia del dorado metal; tanto fue así que cuando llegaron al lugar los titulares de las pertenencias o la gente que por cuenta de los mismos debía extraer el mineral, se encontraron con que nada quedaba.

Con toda razón entonces Julio Popper pudo escribir después: Cuando llegaron nuestras pachorrientas expediciones, los chilenos que olfatean el oro y el huano como el perdiguero la perdiz, solo habían dejado rastros de sus palas y sus picos y demás útiles de trabajo. Con qué actividad, exclamaban entonces los representantes de nuestro gobierno: `¡Aquí había! ¡De aquí se sacaba! ¡Por allá veía!, etc., sin que en realidad encontraran otra cosa que la bien marcada huella chilena12.

Así, el oro de Zanja a Pique con lo real y rendidor, fue un episodio ciertamente efímero. Pero, observadas por los buscadores las características naturales en que se acumulaba el oro aluvial, a partir de entonces y por mucho tiempo se prospectaron los litorales vecinos en suelo argentino y en el chileno, en este caso en la costa nororiental del estrecho de Magallanes. Se sabe en efecto que hubo peticiones de pertenencias y laboreos de mineros solitarios en Dungeness, punta Daniel, cabo Posesión, Cóndor, punta Tandy y bahía Munición, pero sus rendimientos debieron ser escasos o paupérrimos.

4. Península Páramo (Bahía de San Sebastián-Océano Atlántico, Tierra del Fuego)

Si de los principales episodios auríferos registrados durante el siglo XIX en la Región Magallánica los tres primeros fueron obra de la casualidad, los tres siguientes fueron sucesivamente uno la consecuencia buscada del otro.

En efecto, Julio Popper, a quien ya se ha mencionado, era un ingeniero de minas de origen judío y nacionalidad rumana que había emigrado a la República Argentina a fines de 1884, al parecer motivado por la noticia del hallazgo de oro en la vecindad del estrecho de Magallanes. Enterado de lo acontecido en Zanja a Pique, pensó con toda razón que las circunstancias naturales que habían hecho posible la formación del yacimiento, podían repetirse en otros lugares de la costa atlántica y así puso su vista y su interés en el litoral fueguino argentino hasta entonces completamente virgen, seguro de encontrar allí formaciones semejantes a la costa de Santa Cruz y, por tanto, con posibles yacimientos de oro aluvial.

Perspicaz, activo y controvertido por razón de su fuerte personalidad, este personaje ciertamente curioso por sus diferentes hechos e iniciativas consiguió relacionarse rápidamente con gente influyente social, financiera y políticamente. Así se le abrieron puertas y pudo planear con prolijidad los sucesivos pasos en los que cifraba ir adelantando en su ambicioso proyecto de hacerse nombre y fortuna. Primero, la expedición para explorar la Tierra del Fuego (la parte argentina) y verificar sus posibilidades mineralógicas (auríferas); luego, en caso favorable, solicitar las pertenencias que ampararan su derecho o propiedad minera, y finalmente organizar una compañía anónima para llevar adelante la explotación del o los yacimientos encontrados.

Tal como lo previó, se desarrolló. En septiembre de 1886 zarpaba desde Buenos Aires para iniciar su expedición a la Tierra del Fuego y penetrar en la gran isla. En noviembre ya se encontraba a la vista de la bahía de San Sebastián y a partir de allí inició sus prospecciones que le condujeron al hallazgo de algunas formaciones de interés aurífero, principalmente en la angosta y prolongada península Páramo, que separa las aguas del océano Atlántico de las interiores de la bahía de San Sebastián.

Respecto de ese y otros puntos situados más al norte solicitó y obtuvo del Gobierno argentino las pertenencias correspondientes, y con ellas en la mano se dedicó a organizar la Compañía Lavaderos de Oro del Sud, constituida efectivamente el 25 de julio de 1887. Con ello el caso de Páramo, por señalar al yacimiento paradigmático de Popper, también resultaría históricamente atípico, pues sería el primero de una explotación mecanizada, propiamente industrial, y realizada por una compañía y no por mineros libres.

En efecto, contando con recursos suficientes, obreros y personal de vigilancia y protección (su famoso "ejército" o guardia armada), y usando de su inventiva y capacidad profesional diseñó un sistema de extracción del mineral que bautizó "Cosechadora de Oro" y que patentó en 1889, invento que le resultó exitoso en las diferentes faenas, tanto que hubo de mantenerse vigilante para evitar la intrusión de foráneos en sus pertenencias, vale decir, de gente de Punta Arenas, en la que el ingeniero-empresario veía a unos peligrosos competidores. Ello daría origen a una serie de acontecimientos ingratos para Popper, sin embargo de lo cual prosiguió impertérrito con sus planes.

No corresponde aquí dar cuenta de los variados acontecimientos que a partir de 1887-1888 y hasta su muerte acaecida en forma repentina, casi misteriosa, en 1893, pues los mismos han sido materia que ha ocupado a numerosos autores a lo largo más de un siglo. De hecho, sus excentricidades: la estampilla, las monedas acuñadas, su ejército y algunas iniciativas singulares han sido tratadas de variada manera por historiadores, biógrafos y novelistas. Se trató, en suma, de un personaje histórico de curioso relieve, cuya mención no puede eludirse al tratar de la minería aurífera en las tierras meridionales.

Iniciada auspiciosamente la empresa extractiva, primero en Páramo, y después en los chorrillos Cullen, Alfa y Beta, finalmente devino antieconómica -en medio de no poca controversia con las autoridades territoriales- y su famosa compañía se disolvió en 1890 con pérdida del total de su capital.

¿Cuánto oro se extrajo de Páramo y los otros yacimientos? Si ha de hacerse fe en las palabras del propio Popper, él mismo, en una conferencia pronunciada en 1891, mencionó la cifra de 600.000 gramos. Así y todo el valor que tal cantidad de metal representaba no habría bastado para cubrir las obligaciones contraídas, pues al fallecer dos años después el rumano era, literalmente, un pobre de solemnidad. Está visto que si la fama le fue propicia, inclusive históricamente sostenida, la fortuna le fue completamente esquiva.

De tal manera, Páramo y Popper unidos, resultan ser, indudablemente, parte singular y notoria de la historia aurífera austral.

5. Bahía Sloggett (costa sudoriental fueguina)

Este es ciertamente un episodio autónomo en el historial de episodios auríferos, pero íntimamente ligado al hallazgo precedente de Páramo.

En efecto, el mismo Julio Popper, deseoso de asegurar para sí cualquier otro yacimiento de oro aluvial que hubiera en el litoral fueguino argentino, a poco de llegar a la Tierra del Fuego se preocupó de explorar igualmente hacia el sur de la bahía de San Sebastián, con tal propósito. Como podía esperarse por las condiciones geológicas de la costa y conocida la acuciosidad del rumano, este efectivamente encontró manifestaciones auríferas en la bahía Sloggett, en el litoral sudoriental de la isla grande fueguina, e incluyó ipso facto el yacimiento entre sus demandas de pertenencias. No existe certidumbre respecto de la fecha de su concesión, si es que de verdad la obtuvo, pero el hecho es que antes de 1888 ya había instalado allí un lavadero a cargo de un tal Wagner, ingeniero. La duda surge de la medida adoptada el 5 de septiembre de ese mismo año por el gobernador de Tierra del Fuego, Félix Paz, quien se atribuía también el hallazgo y por tanto la facultad para disponer del mismo, y que en la fecha que se menciona viajó a Sloggett y ordenó paralizar las faenas extractivas e hizo detener a Wagner y a su personal, a quienes condujo a Ushuaia. Fue ese, uno más de los varios incidentes que por entonces se suscitaron entre Popper y la autoridad territorial.

Conocidas como son sus buenas relaciones con gente del gobierno en Buenos Aires, el asunto se resolvió en su favor y Popper consiguió la libertad de sus trabajadores y la restitución del lavadero. Se sabe así que para julio de 1891 trabajaban allí 31 hombres, de los que todos, salvo uno, eran croatas de Dalmacia.

Sensiblemente no se conocen mayores antecedentes acerca de la forma en que se trabajaba en Sloggett, aunque podría colegirse que la misma no debió diferir mucho de aquella de Páramo, posiblemente con una menor complejidad en instalaciones, y sobre cuál pudo ser el rendimiento del yacimiento, pues todo ello estuvo comprendido en la forma reservada en que se manejó el ingeniero rumano.

6. Islas Lennox, Nueva y otras (Archipiélago austral de la Tierra del Fuego, parte oriental)

La circunstancia de haber sido abrumadoramente de nacionalidad croata el personal con el que trabajó Julio Popper sus lavaderos no fue irrelevante en lo que se refiere a nuevos hallazgos auríferos, particularmente en lo referido a las islas situadas al sur del canal Beagle.

Así pues, fundamos nuestra opinión planteada hace ya tiempo13 en el hecho de que uno o más de los hombres que lavaban oro en Sloggett fueran los descubridores de los más ricos yacimientos aluvionales litorales del meridión chileno.

En efecto, pasar de Sloggett, tierra argentina, a explorar las islas chilenas del sur no mediaba sino una jornada en bote, y un buen día tal vez a fines de 1887 o comienzos de 1888 algún minero queriendo explotar para su provecho placeres auríferos, costeó la Tierra del Fuego, cruzó el Canal Beagle, recorrió el litoral de Picton y demás tierras vecinas y dio también con oro aluvial en Lennox y en Nueva. Quizá el descubridor fuera dálmata como tantos otros trabajadores de los establecimientos de Popper, pues solo así se explica el entusiasmo febril, más aún verdadera locura aurífera, que se suscitó entre los inmigrantes de esa nacionalidad.

Y la noticia llegó primero como correspondía a Punta Arenas, vago anuncio en un comienzo, feliz confirmación más tarde, circunstancia que motivó la preocupación de la Gobernación del Territorio, discurriéndose el envío del vapor Toro de la Armada Nacional, por entonces de estación en el Estrecho, hacia las islas australes en misión de patrullaje a fin de permitir la constatación de lo que en tan lejano dominio podía estar ocurriendo. Corría octubre de 1888, en la nave chilena se embarcaron los dos primeros buscadores conocidos de que hay memoria: Juan Simón Paravic14 y Enrique Saunders. El Toro tocó en la isla Nueva donde Paravic y Saunders hallaron indicios auríferos, luego en Picton y otras costas para retornar sin que el comandante de la nave permitiera que los dos intrépidos buscadores quedaran solitarios y faltos de auxilio en tan remoto como aislado sitio.

Pero la voz de oro traspuso leguas salvando la valla de la increíble distancia, y llegó a golpear en los ambientes de inmigrantes de la nueva Babel que era Buenos Aires. Allí, entre tantos hombres rudos y fornidos encontró oídos prestos en los grupos de dálmatas deseosos de hacer más rápida fortuna trocando las seguras aunque mezquinas pagas de la campiña y puerto bonaerenses, por la aleatoria pero irresistible como atractiva perspectiva de la riqueza que se podía ocultar bajo un golpe de pico. La noticia entonces sacudió los espíritus y animó los cuerpos y muy pronto las primeras partidas estuvieron navegando en pos de la lejana e ignota Punta Arenas.

Una vez aquí, quizá más de alguno impresionado por la rudeza de las condiciones ambientales y por la mezquindad del poblado, entreviendo cómo habría de ser de duro allá en el lejano sur, habrá sentido flaquear su ánimo de minero en ciernes y presa del desaliento habrá largado por la borda la dorada empresa. Es una región -escribiría por esos años un periodista norteamericano- donde ningún hombre, con mujer u otra persona dependiente de él, debería entrar, pero para un muchacho joven e independiente, que pueda ganar en vigor y coraje enfrentando la locafuria del ventarrón antártico, no existe mejor lugar que aquel más allá de los estrechos de Magallanes15.

Otros en cambio, la inmensa mayoría, fuertes y animosos, casi sin permanecer en tierra, ya estaban embarcados en cuanta goleta había disponible para el largo viaje a las Islas Australes, y si no se encontraba embarcación de porte utilizable… pues ¡se iba en bote, que para eso había buenos brazos! Así sucedió con Mateo Trebotic y un primo de idéntico nombre y apellido, con Mateo Karmelic, Mateo Martinic y Tomás Buvinic, quienes en veinte días hicieron la ruta marítima desde Punta Arenas hasta la isla Lennox; esfuerzo que sería bien premiado como que cada uno obtendría la nada despreciable cosecha de cinco kilos de oro.

Antes de partir los futuros mineros se proveían del rudimentario equipo que requerían para la faena a emprender, botas de goma, picos, barretas, palas, chayas, etc., y de los víveres indispensables para muchos meses de permanencia. Los comerciantes de Punta Arenas les adelantaban con calculada generosidad tales mercancías, cobrándose al retorno de los mineros unos precios elevadísimos… después de todo la explotación de un minero ilusionado siempre ha resultado ser un excelente filón…16

Para 1890 ya se habían instalado unos trescientos mineros, repartidos entre Picton, Nueva, Lennox y la costa oriental de Navarino. También de los primeros habían sido Juan y Simón Boric, Pablo Babarovic y Mariano Bilus que faenaban en Lennox, mientras Vicente Fodic y otros compatriotas laboraban en Navarino. En Nueva hacían en 1891 otro tanto los dos Trebotic y su grupo.

Los resultados que se obtenían se divulgaban con la velocidad del rayo, justificando la afluencia de nuevas partidas de mineros. Aunque los eslavos eran los más, no por eso eran los únicos; también había entre los buscadores chilenos, españoles, ingleses, italianos, portugueses, alemanes, animando entre todos una actividad febril que la naturaleza abundosa retribuía con harta generosidad. Así la fama de este nuevo y áspero Dorado creció veloz, acicateando la marcha de muchos otros inmigrantes.

A mediados de 1891 unos quinientos hombres arribaron a las islas del sur del Beagle contagiados por la fiebre aurífera. La totalidad de este tremendo contingente era de nacionalidad eslava: hombres jóvenes, sanos y fuertes, estaban hechos para enfrentar la rudeza de los elementos y la geografía australes, y las penurias, fatigas y privaciones que necesariamente imponía la empresa que tentaban acometer. Entre tantos había pioneros como Pedro Peric y Francisco Tomsic, o como Francisco Eterovic, Antonio Martinic, Santiago Vrsalovic y Antonio Mladinic; los primeros faenaron en las playas y barrancas de Lennox, en tanto que los segundos, buscaron en Windhond (Navarino) y posteriormente en aquella isla, para proseguir después en chalupa hasta las islas Wollaston.

Manuel Señoret, gobernador del Territorio de Magallanes, que recorrió la región a fines del 92 y trató con los mineros mientras observaba el desarrollo de las faenas, cuenta que algunos de los primeros buscadores que trabajaron en las costas de Lennox en vez de contentarse con lavar las arenas superficiales como hacían otros compañeros, discurrieron profundizar la labor, precisamente en el sitio en que había tocado tierra su bote, hasta encontrar la circa a seis metros de la superficie dando con una verdadera fortuna. El manto, en el punto abordado por la embarcación, resultó de riqueza fabulosa, i es fama que los primeros exploradores no se daban el trabajo de lavar, sino que sacaban a pala o en cuchara la capa de oro, casi puro, que con un grueso de uno o dos centímetros descansaba sobre la circa… Mas, sea esto cierto o no, el hecho es que la extracción del oro se hizo al principio de la manera mas imperfecta, de tal modo que ha sido posible relavar las arenas dos veces con pingües provechos todavía. I aún hoi se toma arena de cualquier monto de relaves i se le encuentra metal, lavándola en un plato o chaya. El sistema de amalgación ha sido poco ensayado i siempre con malos resultados, al decir de los mineros. Cuando el oro es demasiado fino se abandona el manto i se busca en otra parte17.

Puede verse de esta manera cómo los mineros cual nuevos cresos se daban el lujo de florear la explotación, despreciando aquel tipo de metal cuya extracción ocasionaba más trabajo. A nadie le importaba, por otra parte, la proporción de oro contenida en los mantos. Los mismos mineros le contaron a Señoret que de una chayada habían sacado 800 gramos, y durante la época álgida de la explotación en Lennox, según se afirmaba, se llegó a obtener un kilo de oro por metro cúbico de circa revuelta, excluyendo piedras y quijo.

Para tener otra idea de lo rendidores que eran los placeres auríferos, señalamos con Lautaro Navarro Avaria que entre diciembre de 1891 y febrero de 1892 una compañía de catorce mineros dálmatas extrajo de la isla Lennox ¡ciento quince kilos de oro! Otros, en la misma isla abrieron un pique de nueve metros de profundidad y obtuvieron solo en un día catorce kilos del preciado metal. Pero no solamente la fortuna sonreía a los hijos del Adriático, también y generosamente lo hacía con los hijos del país: en 63 días de trabajo una partida de cinco mineros chilenos extrajo de la fabulosa Lennox poco más de 48 kilos de oro18.

Con tales rendimientos era natural que los buscadores continuaran arribando a las playas australes en continuas partidas. El año 92 aportó nueva oleada de inmigrantes eslavos; solo en la goleta Colomba María, de la importante casa mercantil y naviera de Punta Arenas Nogueira & Blanchard, se trasladaron setenta y ocho nuevos dálmatas capitaneados por Andrés Stambuk; entre estos estuvieron Natalio Foretic, Nicolás Cebalo, Francisco Zurac. Las goletas San Pedro y Pichincha llevarían luego más contingentes eslavos al sur, Bozidar Livacic, Pedro Marinovic, Nicolás Markusic, Juan y Andrés Jurac, Nicolás Mladinic, Juan Bonacic estaban entre ellos. También entre tantos aventureros figuraban Juan Ursic, Jorge Orlandini, Pedro Ostoic, Nicolás Marinovic, Antonio Sapunar, Juan Batina, Esteban y Antonio Mímica, Santiago Musac, Nicolás Kovacic y Nicolás Skarmeta, en fin, la lista es incontable. Faenaron en caleta Cutter y en bahía Oro, en Lennox, en isla Nueva, en bahía Ortega (Navarino), en las Wollaston y hasta en el Falso Cabo de Hornos, mientras que otros alcanzarían inclusive a la pequeña y casi inaccesible Barnevelt19.

La fama aurífera de las Islas Australes cundía entre tanto y para 1893 trabajaban repartidos entre las islas tantas veces nombradas un millar de hombres, la inmensa mayoría de los cuales era de origen eslavo. Estos improvisados mineros extrajeron, según lo aseverado por documentos oficiales, entre 1891 y 1894 aproximadamente dos toneladas de oro, rendimiento que por sí solo habla de la riqueza aurífera acumulada en las islas a lo largo de los siglos.

Con todo, hacia el año 1894 ya se advierte el declinar de la explotación; los mejores y más accesibles sitios de laboreo fueron trabajados y repasados hasta su agotamiento y aún antes de que esto ocurriera ya los mineros habían explorado otros lugares que luego explotaron al máximo para abandonarlos al cabo y en seguida ubicar otros y así sucesivamente, hasta que la totalidad de las costas accesibles registraron la impronta del minero. Para 1895 el interés se concitaba especialmente en el litoral sur de Navarino, donde además de los sitios ya conocidos se registraban laboreos en punta Guanaco, que señala el extremo sudoriental de la isla, enfrente precisamente de la ya casi agotada Lennox20.

Naturalmente el paulatino agotamiento de los lavaderos y los menores rendimientos acarrearon la disminución de la fama aurífera de las islas y la llegada de partidas de mineros inmigrantes fue espaciándose y raleando en componentes. Después del 95 los buscadores de oro se contaban solo por decenas. En 1897 faenaban en la isla Nueva únicamente Pablo Gómez, chileno, y diez o doce dálmatas entre los cuales se contaba Lucas Jaksic, Jorge Puratic y José Radovic, pero para el fin del siglo ya no quedaba en esta isla sino el recuerdo de la actividad aurífera.

7. La fiebre aurífera del 900

a) La minería mecanizada en la Tierra del Fuego

La vuelta del siglo XIX al XX trajo un cambio espectacular en la hasta entonces tranquila actividad minera aurífera desarrollada únicamente de manera artesanal.

En efecto, a fines de 1902 Archibald Cameron, un neozelandés radicado en Magallanes, y un tal Musgrave, probablemente compatriota, ambos con experiencia en trabajos auríferos, discurrieron instalar maquinaria a pistón y un sifón para lavar el material extraído de la circa. El ensayo no funcionó adecuadamente y debió ser abandonado.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes que la idea de mecanizar las faenas se retomara, esta vez por cuenta de varios norteamericanos con conocimientos sobre la forma en que se trabajaba en California. Entre ellos se contaban J. D. Roberts, David Bricker y Robert Sutphen, quienes convinieron en que la introducción de maquinaria aumentaría el rendimiento, dando por sentado que el distrito norfueguino era verdaderamente rico en mineral de oro.

De ese modo, Sutphen convencido anticipadamente del éxito de la futura operación mecanizada, se trasladó a Buenos Aires donde consiguió convencer a varios capitalistas para que aportaran dinero contribuyendo a formar la Compañía Sutphen de Lavaderos de Oro de Tierra del Fuego, la primera entidad del género que habría de operar en Magallanes con faena mecanizada (1903).

En tanto se adquirían las pertenencias que ampararían legalmente la explotación y se compraban las maquinarias adecuadas, entre ellas una draga; prosiguieron los estudios en terreno por parte de ingenieros con experiencia. Así, en octubre de 1903 arribaron W. Holderman y A. Smith con tal objeto, como lo hizo posteriormente Robert Marshall, cuyo informe técnico devino un verdadero espaldarazo para el optimismo de los dirigentes de la Compañía Sutphen.

[…] está actualmente demostrado, escribió, que la isla es de escepcionales condiciones para el dragado, principalmente en los valles de Río Oro, el Río Verde i el Río Oscar, así como en los valles de muchos de sus afluentes. Entre todos ellos, el valle del Río del Oro debe ocupar el primer lugar, no solamente por razón de su record pasado, sino también a causa de la estensión del área dragable que presenta i la uniforme riqueza que han revelado recientes estudios, no tomando en cuenta los resultados obtenidos en las operaciones de esta Compañía [Sutphen], que merecería ser congratulada por el mundo minero por el desenvolvimiento de esta empresa i por la perseverancia con que ha podido triunfar sobre las enormes dificultades del transporte i todos los demás obstáculos inherentes al trabajo en una rejión nueva.

[…] Como un dato ilustrativo de la enorme riqueza que posee la Compañía Sutphen, tomo las pertenencias que dan un total de 141.

Cada pertenencia contiene un término medio de espesor dragable de 8 metros, igual 400.000 m. c., o sea en conjunto 56.400 m. c. con un beneficio bruto de $ 0,30, ello representa $ 16.920.000 oro americano.

La Compañía tiene delante un porvenir de gran prosperidad, que en mi opinión, excederá en mucho las cifras que he dado.

En conclusión, desearía manifestar que es mi creencia, que en este moderno El Dorado, la Compañía Sutphen, posee la joya de las propiedades dragables21.

A todo esto la draga y demás elementos mecánicos arribaron a las playas fueguinas (Porvenir), desde donde se trasladaron con gran esfuerzo hasta el asiento minero (río del Oro), distante unos cuarenta kilómetros hacia el interior sierra arriba. Se comenzó su armado y se construyeron casas para administración y vivienda, bodegas y demás. Al cabo de algunos meses de trabajo la draga quedó lista y fue lanzada al agua en enero de 1905. Pronto se supo que su producción alcanzaba a 1.500 gramos de oro por día, aunque durante una temporada breve de operación.

Pero aun antes de conocerse este primer resultado se desató la fiebre entre los capitalistas de Valparaíso, por entonces centro financiero de la República; de Santiago, Buenos Aires y por supuesto de Punta Arenas, donde se constituyó en 1904 la segunda entidad que se denominó Sociedad Explotadora de Minas de Magallanes.

Mas los principales animadores del fenómeno fueron los norteamericanos Roberts y Bricker, quienes directa o indirectamente propiciaron la creación de nuevas compañías. El resultado fue sencillamente espectacular, pues solo durante el año 1905 se formaron catorce sociedades o compañías, la mitad de ellas para operar en distintos sectores de la Tierra del Fuego (ver Cuadro I).

A tal entusiasmo fundador contribuyeron no poco las opiniones -tenidas por incuestionables- de otros ingenieros con conocimientos en la minería aurífera. La prensa de Chile, Argentina y de algunas ciudades de Europa, América del Norte y Australia abundó por ese tiempo en referencias favorables acerca de la existencia de oro en Magallanes.

De tantas, cabe reproducir un par de ellas.

Así, el ingeniero australiano C. E. Biggs, tras una visita de conocimiento a Magallanes durante 1905-06, escribió para un diario de Melbourne, en parte:

La verdadera i mayor riqueza de Magallanes se encuentra en sus numerosos veneros de cobre i en sus estensos mantos auríferos.

En este sentido, Magallanes supera con sus ricas leyes a los mejores terrenos que tenemos en Nueva Zelandia i probablemente a muchos de los que han rendido grandes provechos a sus propietarios en West Australia.

Los aluviones de las inmediaciones de Sandy Point (Punta Arenas) son ricos en oro, pudiéndose calcular la lei del cascajo aurífero en cerca de un gramo por yarda cúbica.

Esta lei pude constatarla en Río de los Ciervos, Loreto, Leñadura, Tres Brazos i Agua Fresca. Las estratas de los lados de estos ríos contienen oro en cantidad suficiente para una explotación económica con pistones hidráulicos. Loreto va a ser trabajado próximamente con palas a vapor i canaletas, i sin duda obtendrá resultados mui halagadores.

[…] Las leyes de otros terrenos que van a explotar son incuestionablemente mejores que los de Otago, de modo que no sería estraño que repartieran dividendos de un 60% o 70% sobre el capital invertido, que es considerable.

[…] Los datos que hemos apuntado manifiestan que estamos en presencia de una nueva rejión aurífera, acaso más importante que la nuestra22.

A su tiempo, el ingeniero francés Emile Michon, refiriéndose en particular a las características del distrito subandino oriental de Ultima Esperanza, manifestó:

Esos terrenos se encuentran ubicados en un valle del Seno de Ultima Esperanza que abarca una superficie de cinco millones de metros cuadrados.

El manto aurífero varía entre 4 i 6 metros, siendo su promedio de 5 metros, lo que da para el valle una cabida de 25.000.000 de metros cúbicos de cascajo aurífero.

El señor Michon, por medio de piques i de sondajes, reconoció 200 hectáreas o sean 2.000.000 de metros cuadrados, i constató una lei media de 1 gramo 50 centésimos por metro cúbico. La lei mínima fue de 0,417 gramos i la máxima de 3.750.

El volumen total de tierras auríferas reconocidas suma 7.000.000, que contienen 11.250.000 gramos de oro.

Avaluando el oro contenido a 2 pesos cada gramo, resulta la bonita suma de 22.500.000 pesos23.

Cuentas demasiado alegres, agregamos por nuestra parte, pero por entonces nadie parecía ver cuánto de fantasía había en todo ello.

Con esas opiniones, y la de Marshall ya transcrita, todas optimistas y que no tardaron en trascender al público, bastaba y sobraba para echar a volar la imaginación hasta del más remolón: la conmoción se transformó en verdadera fiebre. De esa manera se dio sustento técnico al ambiente febril que casi de un día para otro pasó a constatarse en Punta Arenas, Valparaíso, Santiago y Buenos Aires. Viene al caso abundar sobre el punto.

Aunque escribimos "fiebre aurífera", en verdad el fenómeno anímico que le dio expresión tangible no era comparable al conocido para dos sucesos históricos más antiguos o recientes como California, Yukón (Klondike), Australia y Nueva Zelandia, en los que, particularmente en los dos primeros, se trató de un movimiento de interés colectivo, con afluencia masiva de mineros y buscadores hacia los sitios de los correspondientes hallazgos. No fue este el caso de Magallanes -de Tierra del Fuego- durante la primera década del siglo XX. Si bien se advirtió un interés colectivo, no se registró un fenómeno inmigratorio ad hoc de alguna notoriedad. Con propiedad fue un estado febril que afectó a especuladores e inversionistas y por tanto a las empresas constituidas con inusitada rapidez ante el señuelo de la riqueza abundante y fácil. Es decir, la conmoción emocional motivadora fue propia de gente de la burguesía, con recursos para invertir en proyectos, aun aleatorios como el de que se trata.

Ello no evitó que, de cualquier modo, una vez desatada la conmoción aurífera, en Punta Arenas muchos, con o sin capital, se lanzaran a manifestar pertenencias a diestro y siniestro, más con ánimo de lucrar con su eventual traspaso a buen precio a otros interesados, que con la intención de trabajar directamente. Convengamos entonces en lo de "fiebre aurífera".

La fiebre minera se apoderó de los espíritus más tranquilos i desapasionados: se apoderó aun de aquellos escépticos i recalcitrantes que en un principio no querían ni siquiera oir hablar de acciones o pertenencias, ni sociedades. Hubo momentos en que la industria ganadera, base fundamental de la riqueza del territorio, fue mirada con desdén al frente del fabuloso porvenir que ofrecía la industria aurífera. De este modo no hubo rico ni pobre que no presentara su pedimento a la autoridad judicial, manifestando ríos, arroyos, chorrillos, barrancas o playas abundantes en el precioso metal24.

El resultado de la febril animación otra vez fue elocuente: durante 1906 se constituyeron a lo menos otras trece compañías con certidumbre absoluta de éxito, pues ningún inversionista pretendía verificar si de verdad el negocio aurífero era tan bueno, casi fabuloso, como se pintaba: se estaba ante unos nuevos California y Yukón.

Consecuencialmente, la instalaciones y maquinarias se multiplicaron en la isla grande de Tierra del Fuego. He aquí la situación conocida para la temporada 1907-08: la Compañía Sutphen tenía dos dragas nuevas en operación, a más de la primera mencionada en desuso por anticuada, y para la primera mitad de 1908 agregaría dos más. En el mismo río del Oro funcionaba otra draga instalada por J. D. Roberts, dos en el asiento del río Verde y otra en el del río Oscar. En Rosario se trabajaba con dos pistones hidráulicos. En Mina Nueva, la Sociedad Lavaderos de Oro de la Tierra del Fuego tenía una draga en trabajo y en el río Paravich una pala a vapor. En el río Pérez, afluente del Oro, la compañía homónima mantenía una draga, como la había también en el río Progreso por cuenta de la sociedad del mismo nombre. La Compañía Burnham operaba con un pistón hidráulico y la Sociedad "Aurofila" había instalado una draga en el río Rusphen o Russffin. En suma, un recuento tal vez incompleto nos da para la época un total de doce dragas en funcionamiento, amén de pistones hidráulicos, palas a vapor, perforadoras, bombas, calderas a vapor y otros elementos que en su conjunto brindan una idea de la relativa complejidad del sistema extractivo mecanizado en operación. Las dragas eran de preferencia de fabricación holandesa (Astillero Werf Conrad), pero había equipos marca "Keystone", y otros de origen inglés, escocés, norteamericano o alemán.

El personal ocupado en las distintas faenas se acercaba a cuatro centenares de hombres. Exactamente 368 en once asientos mineros (Río Verde, Casa de Lata, Río Rosario, Río Santa María, Chorrillo Esperett, Chorrillo de los Volcanes, Río Pérez, Río del Oro, Sutphen, Mina Nueva y Río Progreso), el día 27 de noviembre de 1907, fecha del censo nacional de la población; además de cuatro mujeres y tres niños que vivían en los campamentos. Por lo común las responsabilidades técnicas eran desempeñadas por gente de origen extranjero, abundando los norteamericanos y neozelandeses, estos especializados como "güincheros". En el caso de los remachadores (la sola draga de Mina Nueva tenía más o menos 50.000 remaches), los mismos habían sido contratados especialmente en Buenos Aires y había entre ellos gente de variada nacionalidad. En el trabajo común abundaban chilenos y croatas.

Con tanta actividad como la descrita, y con la fama que se habían ganado los asientos auríferos fueguinos, se justificó plenamente la visita que a algunos de ellos hizo a comienzos de 1907 el Presidente Pedro Montt durante su memorable viaje al Territorio de Magallanes.

Pero, al cabo de tres años de tanto afán, al revés de lo esperado, la cosecha de mineral dorado no satisfacía las expectativas forjadas con antelación.

Explicando el porqué de la situación, el entonces Gobernador del Territorio Alberto Fuentes había informado al promediar el año 1906 al Ministro de Relaciones Exteriores, en respuesta a una consulta del mismo motivada por el interés de algunos capitalistas canadienses para invertir en operaciones mineras en Magallanes.

Evaluando las razones por las que el panorama se veía tan poco halagüeño para los inversionistas, Fuentes había expuesto:

Ha bastado que se presenten una o varias personas provistas de un legajo de papeles con manifestaciones mineras, transferencias i publicaciones, para que ciegos se lancen al mercado en busca de contribuyentes para una sociedad explotadora con pomposo nombre i capital exorbitante.

I lo mas estraño del caso ha sido que las acciones de la maravillosa sociedad alcanzan un premio a veces importante, ántes de estar cubiertas sus acciones i sinque se hubiera desembolsado un solo centavo. Diga quien quiera si esto no ha sido la obra esclusiva de la especulación. Esta ha sido, pues, la primera i principal causa de los fracasos de que vengo hablando [el de gran número de sociedades auríferas].

I la especulación no solo se ha manifestado en esta forma, lanzando sociedades sin base alguna, sino que se ha procedido también por algunos gestores u organizadores de las compañías auríferas sin criterio alguno comercial. I digo esto, para no atribuir a otros móviles el procedimiento. Se ha lanzado sociedades sobre propiedades auríferas ya reconocidas, alzando el capital a una suma tan exorbitante que, a pesar de la subida de la lei de oro de las arenas, no paga el interés que siempre prometen las negociaciones mineras.

Otra de las causas efectivas de fracaso de que vengo ocupándome, ha sido la falta de ingenieros preparados para el reconocimiento de las pertenencias auríferas. Salvo raras excepciones, los ingenieros designados para el estudio en el terreno de los yacimientos auríferos de los ríos del territorio patagónico i Tierra del Fuego, han carecido de los conocimientos especiales para el estudio de los lavaderos de oro25.

Y luego de hacer referencia a la fiebre aurífera que obnubiló a los inversioniestas, añadió:

Pero ocurrió lo que tenía que suceder: muchos de esos yacimientos no existían sino en la mente de sus ilusos manifestantes; otros habían sido pedidos con anterioridad i en un número tal de pertenencias que no alcanzaban a ubicarse en el río, i finalmente las dos terceras partes, si no mas, de lo solicitado en los vicios anteriores, no daba una lei de oro que permitiera la explotación en grande escala i con aparatos mecánicos costosos26.

Para concluir, no obstante, con algún optimismo:

Tales han sido las causas que, principalmente, han motivado en el mercado la depresión que hasta ahora se hace sensible en los negocios auríferos formados el año último i principalmente en el actual. Pero el hecho real, innegable i a la vista de todo el mundo, es que existe en el territorio i sobre todo en la Tierra del Fuego, abundantes terrenos de acarreo, ricos en lei de oro, que explotados en forma científica i con el capital que sea exclusivamente necesario para el objeto, formarán la fortuna de sus propietarios o accionistas27.

No era esta, por cierto, una opinión solitaria. Por ese mismo tiempo, el capitán de navío Salustio Valdés, antiguo Gobernador Marítimo de Magallanes, entrevistado sobre el punto había manifestado al ser requerido acerca de la riqueza aurífera de Magallanes:

Es de un gran porvenir. Todas las opiniones están de acuerdo sobre este punto: a juicio de respetables ingenieros nacionales i extranjeros, especialistas en el ramo de lavaderos de oro, i en explotaciones auríferas, i que últimamente han verificado interesantes reconocimientos i estudios en los aluviones de Magallanes, la zona aurífera del territorio atraerá las miradas del mundo.

La subida de lei de los ripios, unida a la estensión de los terrenos esplotables, harán de este territorio uno de los centros más importantes, i mui pronto le harán figurar a la cabeza de los yacimientos descubiertos hasta el día, en todo el globo.

[…] Sentando como base que solo un 2% del total de los terrenos actualmente pedidos fuera aprovechable, i suponiéndoles una lei media de veinte centavos oro por metro cúbico, o sea poco mas o menos un tercio de gramo por metro cúbico, tendríamos en Magallanes una riqueza superior a la de Nueva Zelandia, donde hoy trabajan trescientas dragas28.

En efecto, no obstante la depresión todavía se confiaba en que la situación se tornaría más favorable. En el hecho durante 1907 se constituyeron otras tres compañías con fines exploratorios y extractivos, dos de ellas en Santiago de Chile y otra en Holanda, en lo que también podría verse un eco tardío del entusiasmo febril de los años precedentes.

Interesa señalar que ese esfuerzo empresarial corporativo había representado inversiones cuantiosas. Si hemos de aceptar como buenas las informaciones de Navarro Avaria -y no se ve razón para dudar-, la creación de tantas compañías mineras había significado inversiones en parte comprometidas y en parte efectivamente pagadas por montos ciertamente importantes, que en diferentes monedas fueron de:

$ oro 4.160.000 chilenos; $ oro 1.660.000 argentinos;

877.740 libras esterlinas y 600.000 florines holandeses29

Para una inversión semejante es indudable que se requería de rentabilidad suficiente en la explotación aurífera; lo que está visto no se logró ni se lograría en lo que restaba de la década.

Además de lo expuesto en su momento por el Gobernador Fuentes referido a la poca acuciosidad o idoneidad de algunos profesionales comisionados para evaluar la potencialidad aurífera del territorio magallánico, lo que en alguna medida pudo contribuir a la liviandad organizativa empresarial, se afirmó entonces que la calidad de la maquinaria y equipos utilizados en las faenas no eran de la mejor o la más apropiada para las condiciones del terreno de trabajo en Magallanes. En verdad, cuesta creer que la que había rendido buenos resultados en otras partes del mundo, como California o Nueva Zelandia, aquí no resultara igualmente eficiente. Por eso ello nos parece más bien un pretexto que una realidad, aceptando aun que las características geológicas regionales pudieran ser diferentes y por tanto los terrenos auríferos menos fáciles de trabajar. Con todo, algo de ello sucedió en el caso de la Sociedad Anónima Lavaderos de Oro de la Tierra del Fuego, cuya documentación registra reclamos por defectos de fabricación de algunas piezas ante las fábricas exportadoras (Werf Conrad, de Holanda)30.


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